Fuerza
Al momento en que escribo estas lineas, estoy pasando por una terrible crisis. Esas cosas de la vida que uno quisiera no tener que vivir nunca, y sin embargo parezco estar condenado a sufrir la misma situación cada fin de semana.
A esta altura uno debería de estar acostumbrado a los achaques de la vida y seguir adelante, pero miles de golpes no hacen a un boxeador una pared infranqueable e indestructible, sino que poco a poco van debilitando su ser.
En lo personal me doy cuenta de que todo valor que defiendo, y quizás los mas fundamentales, son absolutamente desconocidos, o deliberadamente pisoteados por personas muy cercanas a mi. Y lo peor de todo es que no solo se sabe que se pisotea ese valor, sino que ademas, esa acción directamente tiene consecuencias perjudiciales hacia mi ya de por si inestable persona.
Mas aun si se tiene en cuenta mi carácter obsesivo. Los pensamientos, una vez establecidos en mi mente, difícilmente se vayan (por no decir que en realidad es verdaderamente imposible) en el corto y mediano lapso.

Es en este momento donde la marea ataca y mi pequeño velero se estrella una y otra vez contra olas que lo superan en tamaño varias veces. Y sin embargo, a pesar de todo, la comparación es aun mas triste de lo que parece. Porque frente a aquellas situaciones en que transitando un río violento y salvaje de alguna tormenta de invierno, donde las gélidas aguas de un turbio color marrón, ingresaban sin parar por proa, popa, estribor y babor, y mi cuerpo tiritaba al punto de la hipotermia, mi alma resistía alegre y enfrentaba al monstruoso rio con valentía, porque sabia que mis capacidades eran buenas, mi tenacidad llevaría siempre aquel velero (Zárate XIII) al puerto del Club Náutico (al menos hasta que aquel infeliz lo estrello y fue a parar a las profundidades del Paraná). Inclusive se puede decir que ansiaba la tempestad, puesto que traia consigo desafíos.

Hoy día mi pobre velero no afronta gozoso estas tormentas, porque sabe que el mar eternamente estará tumultuoso, y no hay puerto a la vista. La lucha será eterna, hasta que se apacigüe la tormenta, o hasta que la pobre embarcación, ya sin mástil, con timón perdido y fisuras en el casco pierda su flotabilidad y forme parte del fondo del río, como lo hace en este momento mi vieja embarcación.

Sin embargo, aun así hay momentos bellos: el reflejo de la luna en las olas alguna noche mas o menos serena, las estrellas que brillan sobre el cielo, una mas potente que la otra, y la idea misma de que las velas de la embarcación aun empujan a la nave, pueden tranquilizar la mente de este capitán.

Debo de concentrarme en ello. Después de todo, quizás sea peor llegar a puerto.

